os) había una torerita azul. También me compré una blusa animal print (o animal planet, como algunos suelen llamarlo) de cebra con una flor roja (con lunares blancos) que no vale la pena mencionar aquí, pues no forma parte del atuendo en cuestión.
Aprovechando que por primera vez en... (tal vez por primera vez) tenía dinero suficiente para comprar lo que quisiera, fui a Fabricas de Francia para aprovechar las ofertas de día del padre y compra ropa de caballero (sí las crossdressers también usamos ropa de caballero). Una vez en el probador, con la ropa antes mencionada en la mano, y un espejo enorme (tres encontrados en realidad), tiré a un lado el pantalón que me iba a probar y me puse la ropa de niña. Me quedó muy bien, aunque con piernas peludas y sin peluca o maquillaje no me atreví a salir. Pero ansiaba hacerlo.
Por eso, un día después, preparé todo para salir. Me atavié afanosamente, me maquillé con esmero y afiné detalles, es decir, me puse guapa, y sin pensarlo dos veces salí. Siempre cuesta trabajo el primer paso, pero una vez afuera no puedes detenerte. Tarde me di cuenta que sería el centro de atención no por ser Tv, sino por la minifalda que llevaba. No hay nada peor que ser el centro de atención. Si vistes discretamente recibirás un número de miradas normal, pero si exageras un poco, todos te verán, y si todos te ven alguno se dará cuenta que esa "niña" no lo es.
Para llegar al metro pasé por los puestos de tacos, tortas, similares y co
nexos. Me pareció divertido que un taquero me maulló. Sí, me dijeron gata. Algunas risas por ahí, que nunca sabré si eran por causa mía. En el metro todo normal (creo), lo de siempre, alguno se dará cuenta, algotro no, pero nadie dirá nada. Bajé, salí y caminé. Mucho caminé. Los hombres me miraban,
alguno que otro me pitó, unos me miraban de abajo a arriba pero alejaban la mirada al verme a los ojos (aun no se si sea normal o porque se daban cuenta). Caminé junto al parque de Viveros, en Coyoacán, y me tomé una foto. Ahí fue mi primer triunfo, un hombre me dijo en broma, "si quieres yo te la tomo". Sonreí, el sonrió y seguimos cada quien con su camino. Seguí caminando, atrayendo miradas, aguzando el oído. Unos hombres que pasaban me miraron y creí escuchar después de haber pasado a uno de ellos sorprendido diciendo "¿Era hombre?" o algo por el estilo. Me causó mucha gracia, casi un halago, pues quiere decir que, al menos a la primera impresión, si doy el gatazo.
Seguí y seguí, cada vez más al centro, con más gente. Subí al café. Los meseros se dieron cuenta luego luego, casi estoy segura. De todas maneras subí y pedí, casi sin voz, un capuchino (si
andaba de niña está bien tomar un café de niña). Digo casi sin voz porque no pude fingirla, y tenía seca la garganta, así que apunté la bebida y murmuré roncamente "un capuchino". De ahí en adelante todo fue normal, tres parejas en el café, yo en una mesa leyendo (concentrándome poco y avanzando muy despacio). Terminé algo aburrida, así que decidí escapar. Mi plan era entrar al baño y transformarme, salir despavoridamente. Pero al ir a pagar me di cuenta que estaban todos los meseros en la barra, y yo estaba segura de que se habían dado cuenta que esta Juana era Juan. Pagué y corrí al baño. El de mujeres estaba fuera de servicio, así que entré al de hombres. Y aquí sigue las destransformación; apresurada, sin espejo, sin crema, en 2 metros cuadrados. Tenía dos opciones, cambiarme por completo, es decir, ponerme el pants, comiseta y chanclas que tenía preparado y salir corriendo o dejarme la peluca. Me vi con mi ropa y no me gustó como me veía. Si bien, con la peluca puesta puedes guardar un poco mejor tu identidad,
pierdes la magia.
Decidí radicalizar, lavarme la cara con agua y papel higiénico, guardar como pudiera todo el atuendo (incluyendo bolsa y zapatos) en el morralito que llevaba y salir de chico. Así lo hice. Salí con mis lentes de ciego a toda prisa, atravesando la barra, diciéndole "gracias" al único mesero que aun quedaba, que me miró no se si sorprendido, pero con una historia para el resto de sus compañeros: "¿Se acuerdan de la vestida? No mames, sí era puto, salió de bato, seguro se cam
bió en el baño". Por lo pronto que me quemé en ese café, no podría ir más, ni de niño ni de niña. Lástima, me gustaba, era tranquilo para leer y a precios razonables, solo y con buena luz.
Regresé caminando, pero no me sentía a gusto, y no por el dolorsillo en los músculos tibiales que te queda después de caminar mucho en tacones, ni por la cita (maskin) con la que me sujetaba el pecho para la impresión de senos. Era como una sensación de vacío, de "¿Y ahora qué?"
Tuve algo de suerte, pues en el camino de regreso al metro, a pesar de mis lentes de ciego (los mismos de la salida pasada) Me encontré con un tesoro. No, no eran unos lindos zapatos de tacón, sino algo más satisfactorio: una librería. Una librería de libros usados, viejos, con el olor que solo ellos pueden tener. Miles de libros. No pude más que echar un vistazo. Acabé comprando dos,
uno de Descartes y otro de Dostoievski (mala opción si para salir de un vacío y sinsentido, pero nunca he leído nada de él y quiero hacerlo ahora).
Regresé silbando y cantando canciones reflexivas.
Resumiendo: Llamé la atención, me quemé en el café, me quemé con algunas vecinas (que igual no me conocen), me hice una ampolla en el pie, me quedaron quemaduras por la cinta en el pecho (muy obvias que será imposible explicar mañana en mi curso de natación), se me arrugó la ropa. No estoy seguro de si la hice bien. La falda volaba con el viento. Pero encontré dos libros (que pondré en la fila). ¿Día malo? Yo no diría eso, pero definitivamente pudo ser mejor.
Queda abierta la duda, y el hueco aun vacío.
Epílogo: Sé que puede llenar ese vacío, pero no estoy dispuesta a aceptar.






